Hace unas semanas tuve la suerte
de visitar Nueva York. Digo suerte porque el proceso de entrada es digamos
complicado y encima en este artículo lo voy a exagerar. Todo empieza rellenando
y pagando el ESTA. ¿Qué es el ESTA? Pues un papelito donde dices que no tienes
pensado matar al presidente (americano, del español no dice nada) y que no
participaste en el Holocausto (tenías un bautizo ese día). Aquí ya te cobran once
euros, para ir abriendo boca. Y después… ¡¡el seguro médico!! ¿Pero cómo vas a
ir sin seguro médico? Una ojeada por los foros de Google te hará decidirte del
todo, encontrarás personas que perdieron piernas, brazos, ojos… y se los tuvieron
que reconstruir de madera para volver a su país. Según pagas el seguro, llaman
al timbre de tu casa, ábreles, son los de la oficina de cambio de moneda.
Vienen con sangre goteando del colmillo. Cada uno con un tipo de cambio,
comisión y tarifas de servicio que te hacen volverte loco y decidirte por
cualquiera de ellos quedándote con la misma cara que cuando caías en un hotel
en el Monopoly.
¡Tienes que estar tres horas
antes en el aeropuerto! Debe ser que tienes que ayudarles a fabricar el avión,
pensé, pero cuando llegas a Barajas y sigues el cartel de “vuelos a estados
unidos” empiezas a entenderlo. En la cola de facturación, se te acerca una
mujer de seguridad que te empieza a interrogar en voz baja y de modo intimidatorio.
Tu buscas su comprensión, su mirada cómplice, un cruce de miradas, pero ella lo
evita, no tiene sentimientos, no tiene corazón. “¿Dónde vas? ¿Viajas solo? ¿Quién
ha hecho la maleta?, ¿Has reservado algún hotel en Nueva York? ¿Me puedes
enseñar la reserva?” Finalmente coge tu pasaporte y le pone una pegatina en la
que anota un código. Ese código representa el grado de peligrosidad que supones
para un americano medio, con escopeta en mano y pocas ganas de circo. Al
facturar, otra chica te repite el interrogatorio, te dan ganas de decirle que
llame a la otra y se lo cuente, pero decides pasar desapercibido.
Posteriormente viene el control-desnudo
integral. Ya sabéis “ordenadores, móviles, PDAs (quién coño tiene una PDA a
estas alturas), cinturón y bolsa de líquidos aparte por favor”. Tras pasar la
maleta de mano, una hombre de Prosegur te invita a abrir la maleta. “Tiene usted
un recipiente de más de 100 mililitros”. Efectivamente, hay un bote de Axe que
es automáticamente requisado y se inicia el protocolo de seguridad. Como es posible
que sea explosivo o veneno decide lanzarlo a la papelera que tiene bajo sus
pies. Mientras te alejas puedes leer en sus labios un “de puta madre”, ver cómo
lo agita y se lo echa en los sobacos. Un día hay que llevar Polonio 210 de
verdad. Pero que te quiten el desodorante no es de lo peor que te puede pasar,
a la de detrás de mí le quitaron un queso. “No puede pasar esto, tiene masa” le
dijo el hombre de seguridad mientras se partía un trozo de pan para hacerse un
bocadillo, “¿Perdón?” respondió la mujer, “Si, es consistente, tiene masa, se
puede hundir con los dedos y no puede pasar” insistió mientras comenzaba a partirse
finas lonchas con el machete que acababa de requisar. Finalmente, la del queso
monta el jaleo mientras tú le diriges miradas de “esta mujer está loca” con tal
de que a ti si te dejen pasar.
Cuando crees que lo has vivido
todo, llegas a la puerta de embarque. Otro cordón de seguridad. Una nueva chica
de seguridad te pide el pasaporte y al ver el código pegado te comenta “por
favor, póngase a este lado y deme su billete”. Y allí estáis los tres. El
sudamericano enorme con pinta de traficante de drogas, el barbudo con pinta de líder
de Al-Qaeda y tú, que no sabes qué pareces. Te llevan a un sitio aparte
mientras piensas menos mal que llevo calzoncillos limpios, te vuelven a cachear
y te sacan una a una tus pertenencias de la maleta (luego no las meten). Tras
comprobar que no tienes nada, te devuelven el pasaporte y el billete y puedes
embarcar. No es así para el sudamericano enorme, quién resulta ser un verdadero
traficante de droga que se llevan al grito de “eso no es mioooo” mientras al de
Al-Qaeda se descojona de risa.
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